Caso uno:
Un hombre de unos 36 años, ejecutivo medio en una empresa multinacional. Le gusta su trabajo, aunque tampoco “bate palmas con las orejas” (en expresión suya que me hizo mucha gracia). En su empresa hay cosas que le gustan y cosas que no tanto. Lo que menos le gusta es que es una de esas empresas (¡¡tan típicas y frecuentes!!) que valoran al empleado por las horas que pasa en el trabajo y no por su eficacia y productividad real. Hasta ahora ese tema lo ha ido lidiando bien. Pero ahora se encuentra en una encrucijada. Acaba de ser papá. Su primer hijo, muy deseado. Por circunstancias varias, él y su mujer han tomado la decisión de que él se tome 8 semanas de la baja de maternidad. Hace 20 días trabajamos en la sesión de Coaching el cómo transmitirlo a la empresa, desde dónde quería hablar, qué valores quería poner en marcha para tomar esa decisión y para comunicarlo. Ayer tuvimos una nueva sesión. La noticia fue una bomba en su empresa. Amenazas, sutiles y explícitas. Pero él tenía clara su decisión y su para qué. Estaba actuando asumiendo las consecuencias de su decisión. (nota: aunque España aún está muy lejos de vivir esto con normalidad, ya me he encontrado con 3 casos de este tipo, hombres que se atreven a vivir su familia, ¡¡bien!). Transcribo textualmente lo que me dice en un correo: “cuando hicimos el ejercicio de valores, vi tan claro que la entrega en mi familia es lo más importante para mí que, automáticamente, se me recolocaron muchas cosas y, no sé cómo decirlo, sentí en mi interior una fuerza enorme que me permitía tomar decisiones que hasta ahora me habían costado mucho. Cuando, al poner el plan de acción, me preguntaste por la ecología del plan, es decir, si era sano para mí, note que estaba totalmente dispuesto a asumir las consecuencias, incluso aun cuando estas pasaran por el despido. Lo verdaderamente ecológico para mí era vivir alineado con un valor importantísimo… en lugar de pasarme luego la vida pensando “me hubiera gustado pasar más tiempo con mi mujer y mi hijo”. Y eso me dio una fuerza inusitada.”
Caso dos:
Mujer de unos 30 años, trabaja en una empresa familiar del sur de España. Siente que puede aportar más en su trabajo, aunque percibe que tiene frenos en su interior. Algunos frenos son externos (es decir, nota que comportamientos de otros le afectan y le frenan a ella) y otros frenos son internos: comodidad, miedo, evitar el conflicto, etc. Está plenamente decidida a dar lo mejor de ella misma y para ello está asumiendo su responsabilidad para salir del victimismo y coger el toro de su vida por los cuernos. Transcribo textualmente lo que me dice en un correo: “Últimamente me llegan a la cabeza recuerdos de mi difunta abuela. Se pasó media vida trabajando como una mula y la otra media con una gran depresión provocada por el comportamiento inhumano de mi abuelo. La recuerdo sentada en una silla, sin moverse y sin hablar, como un vegetal. Lo hacía para evitar el conflicto, pero lo que consiguió fue una vida de verdadera tortura. Quizá ella no tuvo otra opción, eran otros tiempos, si, pero yo ahora que puedo elegir, elijo levantarme de la silla. Espero que me acompañes y no me dejes que me vuelva a sentar.”
Dos casos, dos vidas diferentes. Dos motivaciones diferentes. Un objetivo común: vivir de verdad la vida que desean vivir, poniendo toda la carne en el asador y actuando, con proactividad, para crear ellos ese futuro que desean vivir. Asumiendo retos, asumiendo circunstancias. Con valentía. Con entereza. Con fuerza para vencer sus propios miedos. ¡¡¡Qué grandes son los clientes de Coaching!!
Desde aquí todo mi respeto y mi admiración.
martes, 22 de marzo de 2011
Elijo Levantarme de la silla. (Dos casos, dos vidas)
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