lunes 23 de enero de 2012

El regalo que no esperábamos.

Ayer tuve una "pequeña" gran experiencia que quiero compartir con vosotros.

Era Domingo por la mañana. Mi marido, mi hijo Juan Pablo y yo habíamos salido al centro de la ciudad donde yo vivo, Alcalá de Henares. Estuvimos con muchos amigos en misa y luego fuimos a dar un paseo por la Plaza Cervantes, la principal de Alcalá. Estuvimos disfrutando del sol, de la buena temperatura y, sobre todo, de la risa y de las ocurrencias de nuestro peque. Pasamos una mañana de lo más agradable, disfrutando de las pequeñas cosas.

Cuando ya eran aprox. las 13:15 comentamos de volvernos a casa. Y empezamos a tomar la calle en la que teníamos aparcado el coche. Cuando... de repente... a nuestras espaldas comenzó a sonar el ruido de cascabeles y de cascos en el asfalto.

Volvimos la cabeza y contemplamos con asombro que la Plaza Cervantes se estaba llenando de caballos que, con sus jinetes, estaban paseando al trote, maravillando a los paseantes.

¡¡Era una ocasión preciosa de mostrar a nuestro hijo la belleza de un animal tan bonito como es el caballo!! Así que nos volvimos y estuvimos disfrutando del paso de ejemplares bellísimos. No sé cuántos pasaron, más de 100 seguro. Nos dimos cuenta de que el pasado Martes había sido San Antón, patrono de los animales, y que venían de recibir la bendición en una iglesia de la Calle Mayor, donde hay tradición de bendecir a los animales desde hace muchos años.

Y no os podéis imaginar lo que disfrutamos de ese rato. De la belleza y del asombro. La belleza de los caballos, y el asombro de nuestro hijo, que era la primera vez que veía caballos en estado real y tan de cerca. ¡¡Estaba impresionado y no paraba de señalar todo y sonreir!!

Fue un momento mágico, precioso, de esos que la vida, en su sencillez, te regala.

Y cuando volvíamos en coche hacia nuestro barrio, observaba a la gente que iba paseando por las calles. Y me vino la siguiente reflexión. Tres calles más allá, la gente iba paseando sin saber lo que estaba pasando en la Plaza. Y había papás con niños pequeños que, estoy segura, si hubieran sabido que los caballos estaban allí, habrían llevado a sus hijos para que disfrutaran.

Y me hizo pensar que la vida es así: en cualquier rincón se está produciendo un "milagro", algo precioso, algo que esponja el alma... y a veces no nos enteramos, porque estamos tres calles más allá. Y es el misterio de la vida humana. A veces necesitamos que otros nos cuenten que se está produciendo ese "espectáculo", que lo compartan con nosotros y poder así disfrutarlo y maravillarnos también nosotros con ello.

Por eso os invito a dos cosas: la primera es tomar conciencia de qué cosas dan de verdad felicidad a vuestras vidas, qué cosas son las que os llenan de esa sonrisa interior que nos llega por la belleza, por el asombro (incluso de lo cotidiano), cosas que hacen que esa mañana el corazón se esponje.

Y la segunda es, cuando tomes conciencia de esas cosas (pequeñas, a veces, pero grandes en sí)... ¡¡compártelas!! Otras personas, que van caminando tres calles más allá, estarán deseando que se lo digas, pues el ser humano busca la belleza, el asombro, la alegría... y, si alguien se lo contara, muchas de esas personas correrían a disfrutar ellos de eso. Y su vida también se esponjaría.

¿Qué esponja tu corazón? ¿qué te llena de esa alegría que hace que la vida sea algo mucho más grande que "ver pasar los días"? Me encantará que lo compartas en este blog. Puede que ilumines muchos corazones con ello. Gracias!

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