miércoles, 22 de febrero de 2012

¿Me lanzo?

En muchas ocasiones me escriben o me llaman personas que están planteándose hacer un proceso de Coaching. Como ya escribí en su momento (puedes leerlo en el artículo: Coaching, descubrir el potencial que está dentro), las personas que se interesan por el Coaching muestran una serie de aspectos muy comunes, dentro de que cada persona es diferente: tienen algo de "miedo" por lo que puede venir, desconfían de su propia capacidad para lograr lo que quieren (lo han intentado muchas veces, pero no lo han logrado, y eso ha mellado su creencia en su capacidad), etc. Al mismo tiempo, comparten también aspectos cuando terminan el proceso: creen más en sus capacidades, en sus recursos (en su POTENCIAL), están mucho más conectadas con quién son y quién quieren ser, etc.

Sí, las personas que inician un proceso de Coaching comparten muchas cosas.

Y mi experiencia también me ha mostrado que hay como dos tipos de personas: las que no se plantean iniciar un proceso de Coaching porque no lo consideran necesario (no entro a comentarlo, aunque puede ser por miedo a pedir ayuda o por arrogancia "ya cambiarán los demás") y las que sí que se lo plantean.

Y dentro de este último grupo, hay dos sub-grupos a su vez: las que después de informarse y preguntar, no lo inician y las que sí que lo inician.

De las que no lo inician es de las que hoy quiero hablar, muy brevemente. En muchas ocasiones me han escrito, o llamado, personas que se lo están planteando, muy seriamente. Y quieren información, quieren saber cómo trabajo, quieren saber si lo que quieren conseguir se puede trabajar con Coaching, etc. Yo atiendo a todas esas demandas, les doy toda la información que necesiten, les invito a explorar lo que puede haber debajo, etc. Y lo hago muy contenta. Es un enorme primer paso el que la persona se esté planteando su camino de evolución a ser quien quiere ser (en el ámbito que sea: personal, profesional, deportivo, etc.).

Pero llega un momento en que la decisión es total y exclusivamente de la persona. Y ahí no puedo entrar. Muchas personas al final tienen miedo y no se deciden. Otras al final relativizan su deseo y no se deciden ("total, no era tan importante"). Otras necesitan "caer" más para ver su necesidad de remontar el vuelo.

Y todo eso es para mí sagrado. Lo respeto al máximo. Cada persona lleva su ritmo. Cada persona debe iniciar un proceso cuando realmente siente que necesita ese proceso. Porque sólo así el Coaching es eficaz: cuando la persona ha tomado conciencia de que realmente necesita dar ese paso. Cuando la persona realmente ha tomado conciencia de que QUIERE dar ese paso.

Hace unos meses, un amigo me decía: "estoy dudando en empezar un proceso de Coaching, sé que me vendría de maravilla... y estoy dudando entre hacerlo contigo o con menganita, que sé que sois las dos personas que me podríais ayudar, ...pero no sé que hacer". Le ayudé con preguntas a tomar conciencia de ciertas cosas... y luego... le dejé sólo en su decisión. Y no sé lo que ha decidido. Bueno, sí sé que por lo menos conmigo no lo ha comenzado, ;-) Pero sé que su ritmo es el que es. Y que su decisión está en él, sólo en él.

Por eso en el Coaching el cliente asume su RESPONSABILIDAD de su propia vida desde el minuto cero. Desde antes de iniciar el proceso. Porque la asume cuando toma la decisión de iniciarlo o no.

Y por eso le devuelve todo su poder.

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